sábado, 15 de junio de 2019

Y EL MUNDO CONTINÚA LOCO. (Parte segunda).


                                        

                                                                                                                               
El fantasma del Manifiesto de Marx y Engels  está bajo formas diferentes  nuevamente recorriendo Europa.  El viejo continente que durante el siglo XX ya conoció los desastrosos  resultados del recorrido del fantasma, en ese entonces,  disfrazado de fascismo o de nacional socialismo, debe enfrentar ahora los embates  de un activo populismo nutrido de ingredientes similares: miedo, intolerancia y egoísmo.
La Unión Europea aquella que sus fundadores, después de la 2ª guerra mundial,  pensaban  que contribuiría de manera eficaz a la paz y a la prosperidad a través de los valores democráticos, de la solidaridad, de la tolerancia y del intercambio entre las naciones, abriendo los mercados, con libre circulación de personas, de bienes, de capitales y sobre todo con justicia social, está derivando hacia una fase de pérdida de razón a la luz de lo que está pasando en algunos de los  países que la integran .
Los resultados de los diferentes procesos electorales nacionales, la adopción plebiscitaria del Brexit o  las recientes elecciones para elegir el Parlamento europeo, son entre otras manifestaciones, una muestra preocupante de los avances del populismo o del soberanismo como se denomina ahora a los movimientos que pretenden alcanzar un mayor bienestar en sus países restándose de participar en tratados o acuerdos internacionales que según ellos les restarían soberanía, pero que en el fondo están teñidos de racismo, xenofobia, nacionalismo y de rechazo a las instituciones republicanas en nombre del pueblo, del soberano.
Francia desde hace algún tiempo se estaba enfrentando al avance de la extrema derecha representada por Jean Marie Le Pen o por su hija Marine. Recordemos que en 2002 para su elección en segunda vuelta, Jacques Chirac benefició de los votos del Frente Republicano que se constituyó para impedir que Jean Marie Le Pen fuese elegido.
Lo mismo  ha ocurrido más recientemente con Emmanuel Macron  en 2017, quien  fue elegido en segunda vuelta con votos de la izquierda y de la derecha republicana para impedir el paso a Marine Le Pen y que al poco tiempo de haber sido ungido Presidente, tuvo que enfrentar uno de los movimientos de protesta más poderosos después de mayo del 68: el de los chalecos amarillos, obligándolo a remodelar su programa de gobierno y recular ante las impopulares medidas adoptadas, fundamentalmente al sobrepeso impositivo.
Más aún, las elecciones para el Parlamento europeo que fueron presentadas como un verdadero plebiscito, le dieron un porcentaje mayor  de votos a la extrema derecha de Le Pen  por sobre la candidata de la República en Marcha de Macron, disminuyendo a su expresión más insignificante a la derecha republicana tradicional, a los socialistas, a los comunistas y a la Francia Insumisa de Jean Luc Melanchon, salvándose de la catástrofe solo el movimiento ecologista.
Italia que ha conocido los vaivenes  de una tumultuosa alternancia en el poder y de períodos de fuerte incertidumbre para formar gobierno, preocupa desde hace algunos años a los defensores de la democracia por sus peligrosas derivas hacia el fanatismo de extrema derecha.
Las recientes elecciones para el Parlamento europeo han confirmado esta deriva al posicionar al gobierno y al Vicepresidente y Ministro del Interior Mateo Salvini, como el ganador incontestable de estas elecciones junto a su partido la Liga del Norte al obtener el 34,33% de la votación que junto a sus socios de coalición el Movimiento 5 Estrellas de Luigi Di Maio, que aunque  relegado a tercer lugar con 17,07%  suman un 51.4% de la votación nacional.
El 22.6% obtenido por el partido democrático pro europeo los posicionó en un segundo lugar bastante distante de Salvini, demostrando así que las tesis anti europeas, anti globalización, anti inmigrantes preconizadas por Salvini  fueron un mensaje más importante que la realidad de los pésimos resultados económicos, el déficit presupuestario y los evidentes signos de recesión económica en una Italia que beneficia enormemente de las subvenciones de la Unión europea.
Nuevamente el miedo y el temor ante el inmigrante preconizados por la extrema derechas han sido en parte determinantes en un país  en que la población extranjera es inferior a otros países de la Unión y que por su pasado histórico y reciente de país de emigración, debería sustentar valores de tolerancia, solidaridad y fraternidad.
Otro resultado preocupante ha sido el de Inglaterra que envuelta desde hace varios meses en la interminable saga del Brexit, confirmó en las recientes elecciones un importante apoyo a los partidarios de una salida dura de la Unión Europea.
Con una baja participación del 37% aunque mayor que en la votación similar anterior, las urnas dieron un contundente apoyo al controvertido Nigel Farage, líder del Brexit y uno de los instigadores del plebiscito de 2016, al obtener un 30,5 % de los votos. Los resultados obtenidos por las otras formaciones políticas como los Liberales Demócratas con 19,6 %, los Laboristas con 13,7 %  o los Conservadores que solo obtuvieron un 8,8%  fueron largamente distanciados por los sustentadores de las tesis aislacionistas que sin pensar en las dificultades políticas  de envergadura que se presentarían con un Brexit duro, como el tema de Irlanda del Norte por ejemplo, prefirieron optar por los irresponsables cantos de sirena de un mundo mejor, con menos inmigrantes y con menos compromisos solidarios ante una Europa cuyos objetivos, según ellos, en nada benefician a los británicos.
¿Podrá Boris Johnson en caso de ser elegido Primer Ministro afrontar las consecuencias de tanta irresponsabilidad  con que, en nombre del Soberano, Farage hizo comulgar a la mayoría de los votantes?  Cualquiera sea el resultado, tiempos difíciles se avecinan en el Imperio.
Polonia, Hungría y e Flandes otorgaron igualmente triunfos para la derecha nacionalista y soberanista que junto a la extrema derecha podrían contar con 173 escaños en un Parlamento de 751 asientos.
Sin  embargo,  los Ecologistas  experimentaron importantes avances en diferentes países y lograron obtener 78 puestos en el Parlamento.
Los malos resultados afectaron de igual forma a la convulsionada y maltratada Grecia, seguidora fiel de todas las consignas impuestas por la Troika, sin por ello haber logrado superar sus complejos problemas financieros, económicos y sociales que durante 10 años han afectado a sus ciudadanos.  Syriza, el Partido del presidente Tsipras, obtuvo un 23,8% de los votos detrás del conservador partido Nueva Democracia que lo avanzó por 10 puntos al alcanzar 33,3%.
Los anuncios de aumentos salariales y  de una serie de medidas sociales fueron insuficientes para contar con el respaldo de una población hastiada de la crisis y descontenta con los acuerdos sobre la Macedonia del Norte. Alexis Tsipras se vio en la obligación, luego de estos resultados, a convocar a elecciones anticipadas para el próximo 30 de junio. 
Aunque los partidos social demócratas avanzaron en algunos países como España, Portugal, Holanda y Malta, junto a los Conservadores son los que  han experimentado mayores retrocesos confirmando la tendencia de un aumento de la derecha extrema, nacionalista y soberanista en detrimento de las formaciones tradicionales que paulatinamente les están cediendo los gobiernos y la influencia política a nivel nacional y regional.
Pero el fantasma del que hablábamos  no solo se ha paseado por los Estados Unidos y Europa, también lo ha hecho por otras latitudes. Entre ellas por América Latina y aunque se trata de realidades bastante diferentes, no por ello deja de ser menos preocupante.
A ello y a sus probables causas nos referiremos en la tercera parte y final de esta crónica.


Junio 2019.





miércoles, 12 de junio de 2019

Y EL MUNDO CONTINÚA LOCO. (Parte primera).


A finales de 2015 publicábamos en el diario electrónico El Mostrador un artículo en que hacíamos alusión a la expansión de la demencia política a todo el globo terráqueo. Nos referíamos en lo fundamental a los sangrientos atentados terroristas que estremecieron a Francia, a diversos países europeos, a los Estados Unidos y  a Rusia producto del fanatismo y de la intolerancia.  Destacábamos la emergencia de conflictos bélicos difíciles  de entender e interpretar en que las grandes potencias se estaban involucrando con lógicas complejas y contradictorias. En esa misma crónica aludíamos igualmente a dos antiguos fenómenos que cobraban relevancia y que  se expandían peligrosamente: la corrupción en la política y  el auge de los movimientos populistas con sus mensajes y manifestaciones de nacionalismos, xenofobia, intolerancia e individualismo.

Con una perspectiva de más de tres años de distancia observamos con angustia que la demencia no se detiene, sino que por el contrario aumenta cada día. Basta dar una somera mirada por diversas latitudes para confirmar este  peligro.

Tal vez el acontecimiento más significativo fue la irrupción de la figura de Donald Trump en la política norteamericana y mundial. Rico empresario, poseedor de una fortuna avaluada en más de tres mil millones de dólares, luego de algunas esporádicas incursiones en política, ganó las primarias republicanas en 2016 y en noviembre la elección presidencial a sus 70 años de edad, imponiéndose a Hillary Clinton, no por la cantidad de votos generados por el sufragio universal, sino por las características del sistema electoral norteamericano que da la potestad al Colegio Electoral para designar al ganador.
A pesar de que las alarmas se habían encendido desde los inicios de su candidatura por sus muy desafortunadas declaraciones, la opinión pública internacional comenzó a inquietarse con sus  primeras medidas que anticipaban un cambio radical en las políticas norteamericanas. 
A través del enunciado de America First, inició un proceso de repliegue hacia un profundo nacionalismo y proteccionismo denunciando acuerdos comerciales; imponiendo draconianas barreras arancelarias a las importaciones, particularmente en una primer instancia a las de aluminio y acero; desarrollando una política energética centrada por lo esencial en lo fósil; retirándose de negociaciones bastantes avanzadas  como las de Paris sobre el cambio climático o el controvertido Acuerdo Transpacífico (TPP) y amenazando con desconocer el Tratado de Libre Comercio de América del Norte con Canadá y México.
De igual forma inició una abierta campaña  de rechazo hacia el inmigrante y hacia las minorías recurriendo al miedo, mostrando a esas minorías como un enemigo que pretende no solo ocupar el lugar de bienestar conseguido, sino que además destruir la identidad americana. De esta forma acentuó sus posiciones anti inmigrantes presionando a México para la construcción de una costosa e inútil muralla e iniciando una persecución sin precedentes a los inmigrantes latinos y  musulmanes, además de no respetar el acuerdo de no deportación  a los hijos menores de inmigrantes estipulado en el programa DACA.
Pero la justicia le ha sido adversa en ese y en otros casos, revirtiendo sus órdenes y obligándolo a hacer marcha atrás. Ello también ocurrió con su obstinación por encontrar fondos para construir su Muro que, a falta de apoyo, mantuvo cerrado el gobierno por 31 días a finales de diciembre de 2018 hasta que se abrió nuevamente sin conseguir los fondos para esos efectos.
No obstante lo anterior, sus ataques anti inmigración continúan y su exasperación lo ha llevado a destituir a los altos responsables de las instituciones de seguridad y  encargadas de las políticas migratorias.
Una segunda forma de presión más reciente al izquierdista gobierno de López Obrador consistente en aumentar los aranceles de las exportaciones mexicanas, logró que México para evitar las sanciones concluyera un acuerdo para impedir la inmigración guatemalteca, salvadoreña, nicaragüense y hondureña desplazando fuertes contingentes de tropas a la frontera, además de aceptar la devolución de cerca de 10.000 solicitantes de asilo que habrían ingresado a los Estados Unidos por la frontera mexicana. En realidad más que un acuerdo,  López Obrador tratará de poner  en ejecución lo establecido por administraciones mexicanas anteriores.

El desmedido proteccionismo de Trump lo llevó a su máximo nivel al desatar una guerra comercial sin precedentes e imprevisibles con China, al aumentar severamente los aranceles  para los productos prevenientes de ese país e iniciar una batalla tecnológica en que el gigante Huawei ha sido el objetivo fundamental al negársele el acceso a los sistemas operativos de Google.
China respondió con un aumento similar de las tasas de importación a más de mil productos norteamericanos y con su amenaza de restringirle las exportaciones de tierras raras en que el litio es uno de los elementos asociados esenciales  para la industria telefónica y automotriz.  La Organización Mundial del Comercio, de la cual Trump ha amenazado con retirarse, ha sido incapaz hasta el momento de lograr una solución durable y  aceptable.
Europa no ha estado exenta del  apetito proteccionista de Donald Trump. Una de sus primeras medidas fue el anuncio de imponer aranceles al acero y al aluminio proveniente de Europa, la que respondió con medidas contra varios productos norteamericanos. La tensión volvió a aumentar con el anuncio de imponer tasas a los automóviles europeos y al rebajar la categoría diplomática a la UE. Las tensiones disminuyeron luego de la reunión entre Trump y el Presidente de la Unión Europea el 25 de julio de 2018. A pesar de ello, el presidente norteamericano continúa su política proteccionista de manera individual anunciando medidas contra las exportaciones de productos alimenticios y recientemente al vino francés, por ejemplo.
Las anteriores acciones  han sido acompañadas por complejas políticas económicas nacionales destinadas, según él, a favorecer el empleo, los salarios y  el consumo, dando un fuerte impulso a los sectores agro industriales y autorizando la explotación del petróleo en zonas muy sensibles y peligrosas para el medio ambiente. Junto con ello favoreció a los grandes intereses privados a través de una propuesta tributaria que, a futuro, hará recaer la carga en los más modestos, disminuyendo igualmente las restricciones impuestas durante la crisis al sistema bancario que protegían al consumidor. Además, apenas elegido presidente, inició  una profunda reforma al sistema de salud que con tanto esfuerzo logró imponer Obama. Si bien no ha logrado destruir en su totalidad los avances de su predecesor, de continuar con ello, los daños causados serán considerables para los más desposeídos.
El accionar internacional de Trump ha sido igualmente alarmante para la paz y la seguridad mundial.
A la abierta  provocación que supuso el traslado de la embajada de los Estados Unidos a Jerusalén con  los consiguientes repudios y protestas de los países árabes y  de la comunidad  internacional, han seguido una serie de acontecimientos desestabilizadores del orden imperante en materias internacionales.
Apenas en funciones tuvo su primera intervención militar  en Siria bombardeando el poblado de Shayrat en respuesta a un confuso ataque químico. Ulteriormente procedió al retiro de las cerca de 2000 tropas americanas argumentando que ISIS había sido derrotado y que era necesario preservar vidas humanas y recursos, ante el estupor de sus aliados europeos en esta guerra y del no disimulado contentamiento de Rusia ante este y el otro anuncio de Trump en el sentido de  que 7 mil de los 14 mil soldados se retirarían igualmente de Afganistán, provocando la renuncia del Secretario de Defensa Jin Matti y de Brett MacGurk, enviado especial ante la Coalición  Internacional contra ISIS.
La abrogación del acuerdo nuclear con Irán y el reciente anuncio de impedirle por la fuerza el envío de sus  exportaciones de petróleo,  además de las confusas relaciones con RusIa que han conducido últimamente a un deterioro mayor que el que existió en  anteriores administraciones completan este preocupante cuadro.
Sus desafortunadas declaraciones sobre el presidente francés, su toma de posición pro Brexit drástico,  unidas a las críticas dirigidas a Theresa May, los insultos contra el alcalde de Londres  o sus afirmaciones de que la Unión europea es tan mala como China han igualmente contribuido a acrecentar las tensiones en las relaciones diplomáticas internacionales.
A lo anterior se suma su  nueva política de endurecimiento de sanciones   hacia Cuba con la amenaza de aplicarle el capítulo III de la Ley Helms- Burton  que permite reclamar ante tribunales norteamericanos los bienes expropiados después de la revolución cubana, deshaciendo en corto tiempo las distensiones logradas por Obama y otras administraciones.
Los  planteamientos de intervención militar en Venezuela expresadas por la Casa Blanca y muy recientemente por Elliot Abrams ante el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes han desatado los más terribles recuerdos de la guerra fría y de la doctrina del destino manifiesto.
El impulso a las políticas de acercamiento  y  los acuerdos avanzados con Corea del Norte   han sido insuficientes para aminorar su conflictiva y confusa   política exterior que le ha valido el rechazo de la Unión Europea y de sus países más influyentes.
Las elecciones de noviembre de 2018, llamadas de medio mandato (Midterms) tuvieron una alta participación y contra todo pronóstico no lo desfavorecieron del todo, pues a pesar de que los Demócratas se impusieron en la Cámara de Representantes, el resultado, aunque ambivalente, fue menos trágico que lo que les ocurrió a Clinton y a Obama. Además  en el Senado le fueron bastante favorables debido en parte a la renovación parcial de 2018.
Trump ha saludado estos resultados como una victoria, la que no es tal, pues la oposición demócrata en la Cámara es importante y con seguridad constituirá un freno a alguno de sus objetivos.
Sin embargo, es un hecho evidente que la América profunda le entregó su apoyo al calor  de las buenas cifras macroeconómicas internas que han  reducido el desempleo y aumentado los salarios, manteniendo un PIB bastante decoroso.
Diversos sondajes posteriores a estas elecciones  parecieran confirmar el apoyo popular a su accionar. Los Demócratas por su parte si bien opositores a las políticas globales, han estado, a pesar de ello, en general de acuerdo con la guerra comercial y las medidas arancelarias aplicadas a China.
Pero más allá de los apoyos populares y de los  sondajes recientes, la evidencia muestra que su forma de gobernar con amenazas e imposiciones arbitrarias constituye un peligro para la convivencia nacional e internacional y no es un método saludable para un país que juega  el rol más importante en el escenario económico y político mundial.
 ¿Será esto la consecuencia de los buenos resultados económicos o por el contrario el apoyo popular responde a un fuerte viraje hacia un nacionalismo profundo de una América del Norte subyugada por discursos que preconizan la mezquina defensa de intereses individuales escondidos en ese slogan de America First?
La respuesta está por verse, por el momento su reelección se vislumbra como posible, así como el desarrollo de modelos similares en otras latitudes, como lo veremos en la segunda parte de esta nota, lo que acrecentará aún más las tensiones ya existentes y la peligrosa deriva hacia una demencia colectiva y de proporciones que podría culminar con el fin de la democracia.

Junio 2019.


viernes, 7 de junio de 2019

De punto muerto a marcha atrás: una derrota anunciada.


                           
                                     
                                              

                                                                                                                                 

No era necesario ser demasiado avezado para vaticinar con mucha seguridad la contundente derrota política sufrida por el gobierno de la Presidenta Bachelet y la coalición de partidos  que la apoyaban. En dos crónicas publicadas en 2017, alertábamos sobre los peligros que se cernían para el futuro político de la Nueva mayoría y de su candidato presidencial si se persistía en la abulia, en la improvisación, en la dispersión  y  en el alejamiento paulatino de las voces populares.
Alertábamos igualmente sobre la desfiguración política del Partido Socialista que enormemente distanciado de sus principios fundacionales y  con algunos de sus dirigentes y ex dirigentes  enlodados por casos de corrupción y narcotráfico  prefirió, desconociendo principios estatutarios, el acomodo oportunista apoyando una candidatura sin destino que a un candidato de sus propias filas.
La derrota sufrida es sin dudas contundente, dolorosa y dejará profundas huellas en la centro izquierda. Esto podría culminar en distanciamientos, divisiones, rencores y sobretodo en una desafección aún más importante de la ciudadanía hacia la clase política en general y hacia las fuerzas progresistas en particular.
¿Qué sucedió para que la derecha chilena que arrastra la ignominia de haberse comprometido con la dictadura de Pinochet y de haber aprobado con su participación, complicidad o silencio los crímenes y latrocinios del régimen militar llegara, por segunda vez en democracia, a gobernar nuestro país con un 54,8% de los votos en la segunda vuelta de 2017, luego de haber obtenido  el 36,6 de los sufragios en la primera vuelta?
¿Qué sucedió para que Sebastián Piñera fuera nuevamente elegido presidente, en consecuencia que su primer gobierno de 2010 a 2014 se caracterizó por la mediocridad y el descontento, a pesar de algunos mínimos pero interesantes avances como la eliminación del 7% de la cotización salud para los pensionados, la extensión del post natal a 6 meses o el  proyecto de Unión Civil promulgado más adelante por Bachelet?
¿Qué ocurrió para que las fáciles cuentas que en un comienzo vaticinaban un triunfo de Alejandro Guillier en segunda vuelta se revertieran a favor de la derecha? Recordemos que sumados los votos del conjunto de los candidatos de centro izquierda, incluidos Artes y Navarro, que se presentaron en primera vuelta sumaron un 55, 4% de los sufragios.
¿Por qué la ciudadanía no apoyó la continuidad de una coalición que había, desde el retorno de la democracia, enfrentado el problema de la desigualdad disminuyendo notoriamente la pobreza aportando mayor bienestar a cientos de miles de  excluidos y, durante el gobierno  de la Presidenta Bachelet, realizado importantes reformas sociales y valóricas tratando de avanzar en algunas muy  sustantivas como la Constitucional,  la Educacional y la Tributaria?
No es fácil encontrar respuestas claras a algunas de estas interrogantes. Sin embargo hay algunos elementos que nos permiten comprender mejor este duro golpe a las fuerzas progresistas de la centro izquierda.
En primer término hay que tomar en consideración que los años de dictadura modificaron  notoriamente el comportamiento de la mayoría de los chilenos al fomentar el individualismo, el exitismo a cualquier precio, el desapego al Estado, la competitividad, el consumismo frenético y el respectivo endeudamiento; fenómenos que los gobiernos democráticos post dictadura ignoraron  o alentaron con sus políticas económicas de continuidad neoliberal, enmarcadas en los principios del Consenso de Washington.
Aunque la Concertación o la Nueva Mayoría puedan exhibir como un triunfo incontestable la disminución importante de la pobreza, de un 40% a un 10%, permitiendo así la incorporación  de nuevos contingentes a engrosar las filas de la denominada clase media y acceder a mejores niveles de bienestar; es también cierto que no fueron capaces de concretar reformas político sociales que permitieran una democratización efectiva del país y  acceso a una  salud y  educación de calidad, además de salarios y pensiones decentes.
Las reformas que apuntaban a una mayor equidad y mejoramiento sustantivo en algunas de esas áreas, terminaron o en un fiasco o con tímidos resultados que no hicieron variar fundamentalmente las carencias  señaladas.
La más importante de las reformas, la Constitucional, solamente fue abordada  al final del gobierno de la Presidenta Bachelet, cuando su gestión sufría un deterioro mayor, para terminar en una risible demostración de ineficacia con medidas y propuestas que sucumbieron frente a la indiferencia de la ciudadanía y la feroz oposición de la derecha.
Sin una seria reforma constitucional era muy complejo avanzar en los otros dos ejes fundamentales del programa de Bachelet: la reforma educacional y la tributaria.
La primera, que finalmente fue aprobada con enormes modificaciones y con algunos avances de importancia como la gratuidad para la mayoría de los segmentos más pobres del país, no tuvo el apoyo esperado, pero sí un manifiesto descontento de los principales actores de la educación y de parte importante de los sectores medios que aspiraban a continuar con una educación particular subvencionada y de mejor calidad.
La reforma tributaria, si bien fue una excelente y necesaria iniciativa, se vio frustrada tanto por la intransigencia derechista como por las continuas modificaciones e improvisaciones gubernamentales y su mal diseño que, a final de cuentas, hizo sostener  el peso de la misma  a los sectores productivos y a las capas medias. Por ello, la  recaudación proyectada sería totalmente insuficiente para  los fines por las que fue concebida al destinar parte de los mismos a la reactivación económica afectaba por la misma reforma.
La reforma laboral, aunque no era la prioridad mayor del gobierno de la Nueva Mayoría, pasó igualmente sin pena ni gloria y con un no disimulado descontento de las organizaciones sindicales de base, intermedias y de cúpula que no vieron reflejadas sus aspiraciones principales como la negociación colectiva por rama de actividad económica o el reconocimiento, sin ambigüedades, del sindicato como actor esencial de las relaciones laborales.
Otras aspiraciones ciudadanas como las que emanaban del poderoso movimiento No más AFP fueron simplemente ignoradas y muy poco se adelantó en un mejoramiento sustantivo del sistema de salud pública que concierne a un 83% de la población.
Los avances en  materias políticas como la aprobación de un nuevo sistema electoral que terminó con el sistema binominal imperante dando paso a una mayor representación ciudadana, el voto de los chilenos en el exterior o los logros experimentados en su agenda valórica como la despenalización del aborto en tres causales, la promulgación del Acuerdo de Unión Civil ( iniciativa de Sebastián Piñera en 2011) y la propuesta de matrimonio igualitario fueron opacadas por la insuficiencia de las otras reformas emprendidas, por la participación en actos  de corrupción del conjunto de la clase política, como el caso CAVAL en que aparece involucrada la nuera y el hijo de la Presidenta o SOQUIMICH con su chorreo de corrupción tanto hacia la derecha como hacia la izquierda, despertaron la atención, indignación y reprobación de la opinión pública durante meses.
La fuerte ofensiva de la derecha, que aunque envuelta en los temas de corrupción con varios de sus personeros condenados y encarcelados por los efectos de Soquimich y Penta, supo desviar el debate hacia la falta de rigor en las reformas emprendidas, teniendo al Tribunal Constitucional como un aliado de importancia y motivando los sentimientos de miedo ante  la emergencia de una inmigración no controlada, utilizando la vieja técnica de la campaña del terror poniendo a Venezuela y Cuba como ejemplos satanizadores ante un nuevo eventual gobierno de la Nueva Mayoría.
Pero, además, la derecha de nuestro país logró un triunfo importante al  entusiasmar a las capas medias emergentes con sus mensajes de desarrollo productivo, crecimiento, empleo, consumo y exitismo, desplazando los emblemas de  la centro izquierda como los derechos humanos y  la no impunidad en esas materias,  la profundización de la democracia, el desarrollo con equidad o el combate a la  desigualdad.
Esas capas medias emergentes que salieron de la pobreza, que algunos han tildado de “fachos pobres”, endeudadas, con salarios  menores a los 500.000 pesos, enfrentadas a necesidades en materia de educación, salud, pensiones, vivienda etc., pero  con aspiraciones a una mejor calidad de esos servicios no necesariamente estatales, con escaza voluntad solidaria, deseosas de mantener su nuevo estatus progresando en él y no retrocediendo y a las que el progresismo no supo cautivar, contribuyeron  también de manera decisiva a la derrota de las fuerzas de izquierda y de centro. Según datos proporcionados por la Fundación Sol en 2018,  el 54,3 % de los salarios chilenos son inferiores a 350.000 pesos y  3 de cada 4 personas ganan menos de 500.000, por lo cual deben necesariamente endeudarse para cubrir sus necesidades esenciales. Aún así, un contingente mayoritario de ese segmento prefirió optar por la propuesta derechista.
Hay también otros factores que es necesario destacar. La aparición de un nuevo referente de izquierda, las tensiones al interior de la Nueva Mayoría, la poca credibilidad del candidato y el abstencionismo.
A la elección presidencial se presentaron cuatro candidatos de la centro izquierda y dos candidatos de una izquierda más extrema y anárquica. Como ya lo enunciamos anteriormente el conjunto de su votación representaba en primera vuelta un 55, 43% de los  6.700.748 de los que sufragaron en esa ronda.
Lo interesante de estas  candidaturas fue la aparición de la  figura de Beatriz Sánchez que representaba a un nuevo referente de izquierda, el Frente Amplio, coalición surgida de los movimientos estudiantiles y sociales muy críticos de los partidos de izquierda tradicionales y con aspiraciones serias de gobernar. El 20,27% de los votos obtenidos y los 20 diputados y 1 senador consolidaron al Frente Amplio como una fuerza política con muchas proyecciones que no solo   puso en serio riesgo a la candidatura de Alejandro Guillier, pero que además  de alguna manera le restó peso y credibilidad. Los magros porcentajes obtenidos por Carolina Goic desataron aún más las tensiones al interior de la Democracia Cristiana y de la Nueva Mayoría.  Por su parte en  el Partido Socialista  aumentaron las tensiones y los descontentos más allá de los buenos resultados obtenidos en las parlamentarias.
La segunda vuelta de la elección presidencial le dio un contundente triunfo a Sebastián Piñera con el 54,8% de las preferencias  obtenidas de los 7.032,523 votantes. Guillier solo alcanzó un 45,42 % de los sufragios. Aunque la abstención disminuyó respecto de la primera vuelta fue igualmente importante al alcanzar un 51%  de los inscritos. Más allá de las razones en orden al respeto a las voluntades individuales y democráticas para imponer el voto voluntario, habrá que repensar a futuro sobre la pertinencia de mantener esta situación. Los ciudadanos tienen deberes y uno de ellos es la participación en la elección de sus representantes, teniendo la opción de votar blanco o anular la papeleta.
Los anteriores resultados junto con dar un confortable margen a la candidatura de Piñera muestran que sus votos  no fueron solamente de los sectores más acomodados del país, sino que también de las capas medias y de sectores populares que expresaron su sentir y descontento con los actos de corrupción, imperdonables para la gente de izquierda; con las promesas incumplidas; con la insuficiencia e improvisación  de las reformas  y  por el temor esos segmentos a caer de nuevo en sus anteriores niveles de pobreza a la vista de algunas experiencias internacionales.
Pero igualmente esas cifras  dejan ver que hubo un traspaso de los votos de las fuerzas de la Nueva Mayoría hacia Piñera. Se calcula que un 75% de los votos de Goic  y  alrededor de un 33% de los  del Frente Amplio y de MEO respectivamente favorecieron al candidato de la derecha. La Democracia Cristiana desde antes de la primera vuelta enfrentaba discusiones sobre la pertinencia de continuar en la Nueva Mayoría y como se recordará se excluyeron de las primarias llevando candidata propia y contestando liderazgo; aparte de expresar disconformidad con  las alianzas con el alicaído Partido Comunista y con las  simpatías expresadas  hacia Nicolás Maduro y al régimen cubano. La dispersión de los votos del Frente Amplio, además de los de MEO solo pueden explicarse como un rechazo hacia la dirigencia tradicional de los partidos de izquierda y hacia al candidato Guillier por sus vacilaciones, por sus contradicciones, por  su falta de carisma y por su incapacidad para consolidar a un referente político en franca atomización.
La tarea a futuro será dura  para el centro y para la izquierda pues como colorario de esta derrota electoral e ideológica se producirá necesariamente una recomposición en las políticas de alianzas que hará distanciarse a los antiguos amores durante un tiempo más o menos prolongado.
Sin embargo, no todo está perdido pues el gobierno de Piñera con sus políticas de libre mercado y de escaso contenido social favorecerá sin dudas a los segmentos más ricos y acomodados, en desmedro  de la mayoría de la población y fundamentalmente de esas capas emergentes que lo apoyaron, lo que lo desgastará rápidamente.
En el intertanto los partidos de izquierda y de centro deberán necesariamente iniciar un proceso de reflexión tendente a la elaboración de un proyecto político que tenga como objetivo central la construcción de  una sociedad con justicia social y  con una visión de futuro que pueda incorporar los valores de la libertad, de la solidaridad, de la igualdad y  de la no exclusión que fueron siempre los símbolos de la izquierda. Además de la búsqueda de mecanismos para evitar la corrupción en la política
En la elaboración del proyecto político deben necesariamente incorporarse  los temas de actualidad relevante como son los problemas de una salud pública de calidad, pensiones decentes, gratuidad de la educación, del medio ambiente, de las nuevas tecnologías, de la inteligencia artificial, de la robótica y otros,  discutiendo como ellos puedan ser incorporados en las diferentes estructuras educativas y productivas.
Finalmente un proyecto de izquierda debe, por sobretodo, valorar la democracia, oponiéndose sin vacilaciones a toda forma dictatorial. La búsqueda de consensos para avanzar en acuerdos que, sin apartarse de los objetivos esenciales, vayan en beneficio del conjunto de la ciudadanía debería ser una práctica recurrente.
Tal vez lo anterior no sea un camino fácil, pero es sin dudas una forma de avanzar hacia una sociedad más justa con apoyo y participación ciudadana.

Enero 2018.



lunes, 10 de abril de 2017

La política en punto muerto.


En 1969 en medio de la efervencencia que despertaba entre la juventud latinoamericana y chilena la revolución cubana y a un año de las elecciones presidenciales  que darían el triunfo a Salvador Allende , la editorial Orbe publicaba unas interesantes reflexiones del ex secretario general del partido Socialista chileno, Raúl Ampuero Diaz  bajo el título de:  “La izquierda en punto muerto”.

En ese libro Ampuero, expulsado del PS en 1967, critica a los partidos de izquierda de la época  por su fracazo en el objetivo de  señalar, a los que él denomina los explotados, una perspectiva de cambios trascendentales y las formas para alcanzar   un proyecto de sociedad  por la cual, según Ampuero: “valga la pena vivir y morir”.

Casi a 50 años de la publicación de esas reflexiones y luego que la sociedad chilena conociera los profundos cambios impulsados por el Gobierno de Allende, los horrores y las transformaciones impuestas por la dictadura y  la evolución política en democracia a partir de los años 90, nuevamente la izquierda , pero esta vez acompañada por el centro y por la derecha se encuentran en un punto muerto o en un franco retroceso.
En ello  han  incidido factores diversos, muchos derivados de la  profunda herencia autoritaria e individualista que nos dejó la dictadura  a través de su  institucionalidad política y de su modelo de desarrollo económico neoliberal que en los 27 años de gobiernos democráticos han sufrido insignificantes transformaciones. Continuamos, por ejemplo, con el mismo texto constitucional dictatorial al que,aunque se le han  hecho algunas modificaciones no menores, ha sido imposible hasta la fecha entrar en una nueva Carta Magna  legitimada  por la voluntad popular, a pesar de los leves avances hechos durante este gobierno. Si a ello se adicionan los  importantes niveles de despretigio de las instituciones del sistema político, de las fuerzas armadas y de orden , de la iglesia, de los empresarios, de los sindicatos, del mundo del  deporte y otros  por sus actos de corrupción, de sus inconsecuencias, oportunismos y lacitudes, es facil explicarse la fuerte desafección  y rechazo de la ciudadanía  hacia la política, hacia los partidos y hacia el conjunto de instituciones del Estado que se manifiesta en encuestas, sondeos de opinión y abstencionismo.
Los intentos de la presidenta Bachelet por impulzar reformas tendentes a disminuir las enormes desigualdades existentes en nuestro país como la tributaria, la educacional, la  laboral y la de las pensiones entre otras, han chocado con una ferrea oposición de la derecha y con contradicciones no menores en el seno de la Nueva Mayoría que han desvirtuado los contenidos iniciales de las mismas. El gobierno y los partidos que intengran la Nueva Mayoría han sido incapaces de de superar sus disensos y menos de  generar los sólidos acuerdos necesarios entre el conjunto de las fuerzas políticas para encontrar mecanismos de solución a las sensible cuestión de la Araucanía o para avanzar en temas de gran aceptación ciudadana como el mejoramiento de la calidad de la educación y su gratuidad, la salud, la descentralización, la calidad del empleo, el de  relaciones laborales más democráticas y equitables, el de las pensiones y las importantes cuestiones medioambientales. Temas todos de alta conflictualidad potencial  que necesariamente deben ser abordados con una perspectiva de país y no pensando en dividendos electorales inmediatos que contribuyen a hacer más grande el abismo existente entre la política y la ciudadanía.
Por si lo anterior no fuera poco, el último año de la Presidenta - año electoral - se desarrolla en medio de una importante desaceleración económica que influye en las tasas de crecimiento, en la inflación, en el desempleo, en el aumento  del sector informal y de múltiples manifestaciones ciudadanas que claman por un sistema de salud y de pensiones que aseguren dignidad y decencia al igual que la gratuidad de la educación.
La agenda política ha estado marcada entonces por la definición de las candidaturas presidenciales más que en un debate de ideas que logre superar la mediocridad de los lugares comunes , de los eslogan y que conduzca a la elaboración de un programa que contemple las aspiraciones de la gente.
A la derecha con tres aspirantes y con la sola propuesta de Sebastián Piñera de arrasar con las reformas implementadas por Michele Bachelet, se suma  una  Nueva Mayoría incapaz hasta el momento de ponerse de acuerdo sobre un programa y sobre un candidato para enfrentar la próxima contienda electoral.
Es más, la crisis partidaria parece acrecentarse luego de que el partido Socialista, basado fundamentalmente en consideraciones cuantitativas, tomara la decisión primero de descartar primarias internas entre  sus militantes José Miguel Insulza y Fernando Atria y, luego, de llevar como candidato presidencial al abanderado del Partido Radical, el periodista Alejandro Guillier, descartando  al referente histórico de la lucha contra la dictadura, Ricardo lagos, quien decidió  bajar su candidatura. La decisión que al parecer tomará la Democracia Cristiana de  no participar de las primarias y llevar a Carolina Goic  directamente a la primera vuelta presidencial, ahondará las fisuras existentes, sin contar aún las reacciones del PPD que auspiciaba la candidatura de Lagos y del PC que se encuentra en conversaciones con el PRO de Marco Enríquez Ominami, igualmente postulante a la presidencia.
Es aún prematuro afirmar que la curiosa decisión del Comité Central del PS obedeció a pugnas generacionales, o a un afán oportunista basado en inciertas encuestas o a críticas ciudadanas que señalaban al ex mandatario como el culpable del desastre del Transantiago, del CAE o de los escándalos  de MOP-GATE. Cualquiera sea el caso el socialismo, al igual que lo ocurrido en 1952 cuando respaldó al General Ibáñez en desmedro de Salvador Allende, deberá rendir cuenta a la historia por haber dado  la espalda a un candidato socialista con un respetable pasado de lucha  y el único con propuestas progresistas y  sólidas para un futuro gobierno.
La emergencia y el entusiasmo que despierta en sectores juveniles y estudiantiles la periodista Beatriz Sánchez candidata del Frente Amplio,sin programa y sin propuestas por el momento,  con seguridad traerá más agua al molino de la fronda presidencial que comporta igualmente otros postulantes de menor importancia tanto de izquierda como de derecha.
En estas circunstancias es  probable que nuestro próximo Presidente de la República sea Sebastián Piñera quien carga con una pesada mochila  conocida por los chilenos en que se mezcla negocios con política , escándalos de corrupción durante su gobierno y un renacer de las voces añorantes de la dictadura.
Esto tal vez nos de tiempo para entrar en un verdadero debate de ideas sobre lo que quieremos para Chile. La sólida propuesta programática de Ricardo lagos debiera  ser uno de los elementos a considerar, al igual que la Carta abierta a los dirigentes de los partidos y agrupaciones de izquierda y a los candidatos presidenciales del sector por una convergencia de la izquierda para una coalisión progresista, hecha pública hace algunas semanas por Manuel Antonio Garretón y Carlos Ominami. Esta carta abierta de Garretón y Ominami es un documento extremadamente sustantivo, lúcido, facil de leer y   que en 25 puntos realiza un diagnóstico de la situación política y social actual, de sus causas y de las posibles bases políticas para un entendimiento ciudadano que  permita terminar con las desigualdades y responder a las aspiraciones de las mayorías. Documentos como los señalados al igual que otros que vayan apareciendo, permitirán el necesario debate de ideas para la construcción de una sociedad menos desigual y con mayor justicia social por la cual , desvirtuando un poco a Ampuero: “valga la pena vivir “.

sábado, 21 de enero de 2017

La visita de un Presidente que no fue.


                                    

 

                                                                                                            
Un Presidente que no fue es el título del muy documentado libro del  argentino y ex líder montonero Miguel Bonasso publicado en 1997 y en el que relata la fugaz presidencia de Héctor Cámpora que se mantuvo sólo 49 días como máxima autoridad del país vecino.  Bonasso que se ilustró como brillante escritor e investigador con su testimonial relato “Recuerdos de la Muerte”,  fue, además de connotado guerrillero, compañero de armas  de Galimbertti y  opositor feroz de la dictadura, asesor de prensa de Héctor Cámpora y partícipe de las más importantes confidencias de un Presidente objeto de conspiraciones y manipulaciones que precipitaron  rápidamente su caída apenas recuperada la democracia.

Sin embargo, no es de Cámpora, fallecido en 1980, al que hacemos alusión, sino a otro Presidente que no fue, a pesar de gobernar su país desde hace ya casi cinco años.

Nos referimos al  actual presidente de Francia Francois Hollande que, a muy pocos meses del término de su mandato e impedido de repostularse por el masivo repudio de los ciudadanos galos, nos visita  aprovechando un viaje a la Polinesia francesa  y respondiendo a una invitación que le hiciera nuestra  Presidenta Michelle Bachelet, también ahora  muy poco apreciada por la ciudadanía; ambos  con porcentajes de adhesión que sumados no sobrepasaron en 2016 el 35% de aprobación.

 ¿Es Hollande un Presidente que no fue, a pesar de haber presidido el país durante un lustro?

Sería muy injusto decir que su mandato pasó desapercibido o que no tomó medida alguna durante su presidencia.  Por el contrario, sus cinco años se han caracterizado por una importante cantidad de toma de decisiones en materia de reformas económicas, valóricas  y sociales y por actuaciones personales que han deslegitimado su función y  que han producido un masivo rechazo ciudadano situándose en los  más bajos niveles históricos de aprobación de su gestión, lo que lo obligó a no postular a un segundo mandato presidencial.

¿Qué  fue lo que produjo esta contundente  desaprobación?

No fueron escándalos de corrupción  los que ensombrecieron el accionar del Presidente socialista, como ha ocurrido en nuestras latitudes con muchos de nuestros gobernantes latinoamericanos, aunque a inicios de su mandato, uno de sus  Ministros, Jerome Cahuzac, fue inculpado por blanqueo de capitales y fraude al fisco; ni corruptelas  de la familia directa como  el que afectó  a nuestra Presidenta que inicia su descenso no porque ella fuese corrupta, sino por los rebotes de las acciones de su  nuera y de su hijo.

 En el caso de Hollande se trató de algo diferente pero igualmente censurable: el  haber interrumpido abruptamente los sueños;  la ilusión que le dio al ciudadano común durante su campaña electoral de un mundo mejor; la esperanza de una vida  de mayor calidad,  enunciando para esos efectos, su voluntad de luchar contra el poder de las finanzas, contra las imposiciones de rigor fiscal impuestas por el FMI, el Banco Central europeo y la Comisión europea. Fueron promesas incumplidas pues siguiendo el sino trágico de muchos gobiernos socialistas no solamente contemporizó con las instituciones financieras, sino que realizó una abierta política neoliberal  aplicando  reformas económicas y sociales que ni la propia derecha  hubiese osado implementarlas, apareciendo así ante sus electores, ante la gente de izquierda y ante la gran mayoría del pueblo francés como un político demagogo que  no solo es  incapaz de cumplir con su programa  en el que prometió sueños, sino que  traspasa la línea situándose por sus actuaciones en el bando de los que durante años fueron los adversarios del socialismo.

Prometió un mundo mejor para los asalariados y los ahogó de impuestos disminuyendo notoriamente el poder adquisitivo de las capas populares, de los jubilados  y de la clase media. Su promesa de imponer una tasa de 75% a los salarios millonarios tampoco pudo concretizarse. Sin embargo, con el argumento de darle dinamismo a la empresa y de modernizarla, inyectó 40 mil millones de Euros a las arcas empresariales, a través de créditos de impuestos para fomentar la competitividad y el empleo y del llamado Pacto de Responsabilidad, pensando  que con ello se crearían empleos suficientes para disminuir la cesantía. Nuevamente un fiasco pues si bien  hubo mejorías y se logró enderezar levemente, a fines de 2016, la curva del desempleo, su mandato se termina con cerca de 600.000 nuevos cesantes durante el quinquenio y con un aumento considerable de los descuentos obligatorios (35 mil millones de Euros) para las familias y una reducción de  más de 20 millones para las empresas.

El Pacto de Responsabilidad abrió paso igualmente a otra reforma lacerante para los trabajadores y los sindicatos: La “Loi Travail”. Una  reforma  al Código del Trabajo que impone la negociación por empresas, invirtiendo la jerarquía de textos jurídicos que daba rango superior a la negociación por rama de actividad; que tiende a terminar con la emblemática jornada de 35 horas semanales; que le resta poder a los sindicatos; que disminuye las indemnizaciones por despidos y que impone la flexibilidad. Fue de tal magnitud la protesta social ante esta Ley que para evitar un debate político y un eventual derrota parlamentaria con votos contrarios de muchos diputados socialistas, el Primer Ministro tuvo que hacer uso del artículo 49.3 de la Constitución que compromete la responsabilidad del gobierno para aprobar la Ley sin pasar por el acuerdo del Parlamento, acrecentando  de paso la  profunda fisura en el seno del socialismo francés producto de la derechización del Gobierno socialista.

Es verdad que Hollande debió  enfrentar con mucho coraje los cobardes atentados terroristas reivindicados por el Estado islámico  en Paris, Niza y en otras regiones. Ello lo motivó a tomar medidas de excepción en aras de la seguridad nacional  que han conculcado algunas libertades públicas y que frente al repliegue de identidad, a la fuerte emergencia del populismo, del soberanismo, de la intolerancia y de la extrema derecha, su gobierno debió  abandonar algunas de sus promesas en materia de inmigración, como el derecho de voto para los extranjeros; cerrar fronteras para impedir la llegada de inmigrantes huyendo de la guerra en Siria y de paso criticar las medidas adoptadas por Angela Merkel para recibir masivamente a desplazados y víctimas; autorizar expulsiones de inmigrantes sin papeles como la de la   joven Leonarda alumna de un colegio de un barrio popular, integrada , querida por sus compañeros y  expulsada con toda su familia a Kozovo, por decisión del entonces  Ministro del Interior Manuel Valls, una suerte de Beria moderno del Gobierno, posteriormente Primer Ministro y hoy candidato a las primarias socialistas. Frente a la magnitud de la protesta  se  la autoriza a regresar pero sin su familia, produciendo un nuevo escándalo por la inhumana e improvisada  decisión.

En el mismo orden de cosas la población francesa no pudo comprender la inacción gubernamental frente al hacinamiento de inmigrantes en Pas- de- Calais en espera de ingresar clandestinamente a Inglaterra. Doce mil personas  viviendo en condiciones miserables e inhumanas se establecieron en ese sitio fronterizo desde finales del gobierno de Sarkozy y durante casi todo el quinquenio del Presidente Hollande sin que se tomase medida alguna. Solo en el último trimestre de 2016,  cediendo ante las presiones de una indignada  opinión pública, de instituciones internacionales y de los habitantes del lugar y ante la proximidad del año electoral se logro reubicarlos más dignamente.

Otros problemas, algunos de ellos de índole personal, enturbiaron igualmente su imagen ante una opinión ciudadana ya demasiado hostil hacia su persona. Las disputas con su compañera Valerie Treiweiler, los celos de esta ultima hacia Segolene Royal que tomaron connotaciones políticas; el anuncio de la  separación y la publicación del libro de Treiweiler “ Merci pour ce moment” en el que Hollande es descrito en su intimidad apareciendo, entre otras malas cosas, como una persona despreciativa de los pobres a los que llama “los sin dientes” y poco tiempo después la publicación del semanario Closer en que lo fotografían en motoneta, dirigiéndose al departamento de su nuevo amor la actriz Julie Gayet.

La publicación de un documentado libro de investigación  de dos periodistas del diario Le Monde, G. Davet y F. L’Homme, con los secretos del quinquenio,  “Un President ne devrait pas dire ca”, contribuye al descrédito y a la desconfianza con las revelaciones que allí se hacen. Se trata de la síntesis de conversaciones que semanalmente sostuvieron durante casi cinco años con F. Hollande y que no fueron contestadas ni desmentidas por el mandatario.

Nueva polémica,  nuevos desgastes, nuevas incomprensiones, nuevos errores en todos los terrenos. La diplomacia no escapa y las relaciones con el Presidente ruso W. Putin, se tensionan a grados pocas veces visto; las relaciones con los sindicatos y los movimientos sociales se deterioran a niveles preocupantes impidiendo el  desarrollo del diálogo social en temas tan sustantivos como la reforma educacional y la reforma del Código del Trabajo.

 Las disputas, torpezas, malos entendidos  y contradicciones entre sus Ministros y ex colaboradores son el pan cotidiano de la prensa en medio de una importante alza de la derecha y de la extrema derecha en los sondajes y de  un masivo repudio hacia su persona  que se expresa en los escuálidos índices de popularidad; los más bajos en la historia de la V República, que hacen olvidar y opacan por completo algunas importantes y acertadas reformas propiciadas y adoptadas durante su mandato como los incentivos destinados al desarrollo de las Pequeñas y Medianas Empresas a través de créditos y reducciones de impuestos; el fomento del aprendizaje; la creación de empleos de policías y de gendarmes; el saneamiento de los déficits de la seguridad social, aunque haya sido en lo esencial a través del desarrollo de  aseguradoras privadas como las mutuales ; la generalización del matrimonio homosexual y medidas de adopción de hijos para parejas homosexuales; la contracepción gratuita para menores de edad; medidas de regularización de los indocumentados y el  fin del delito de solidaridad para quienes protejan a los sin papeles; la moralización de la vida pública; la no acumulación de los mandatos políticos y otras acciones éticas de sustantiva importancia que se eclipsaron frente a la aplicación de medidas económicas y políticas que eran patrimonio de la derecha y que contribuyeron a aumentar la falta de credibilidad en el ejercicio de su función presidencial.

Varias semejanzas con el caso chileno y muchos temas que conversar con nuestra Presidenta.

Aunque se trate de una figura desgastada que puede responder a la imagen de un Presidente que no fue, es una visita bienvenida y que debe respetarse pues representa los valores de  Libertad, Igualdad, Fraternidad y Solidaridad de  la Francia republicana, ejemplo de democracia; valores trascendentales en un mundo cada día más  egoísta, desigual e intolerante.

(Esta crónica fue publicada por el diario electrónico chileno El Mostrador en su edición del 21 de enero de 2016:

http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/01/21/la-visita-de-un-presidente-que-no-fue/)

 

 

 

 

lunes, 2 de mayo de 2016

Un 1° de mayo sin Reforma Laboral


                             

                                   

                                                                                                                                             
Hace 130 años, el 1° de mayo de 1886, las más importantes ciudades de los Estados Unidos de Norteamérica como Nueva York, Chicago, Baltimore, Milwanka y otras se paralizaron como resultado de la lucha de las organizaciones sindicales  norteamericanas por mejores condiciones  laborales, particularmente por la reducción de la jornada a ocho horas de trabajo.

En ese 1° de mayo el paro fue total, así como la brutal represión y la provocación policial ante los cientos de miles de trabajadores que se manifestaron en las calles. La continuidad de la huelga general fue seguida por una  mayor represión que deja como saldo, el día 3 del mismo mes, seis obreros asesinados pertenecientes a la empresa Mc Cormic Reaper, además de numerosos heridos y detenidos. La manifestación de protesta realizada el día siguiente, 4 de mayo, en Chicago, en Haymarket Square, culmina con una enorme tragedia al estallar una bomba puesta por un desconocido. Mueren 12 personas, ocho policías y cuatro trabajadores y más de 60 personas quedan en estado grave. Los organizadores y los principales oradores son inculpados y en uno de los juicios más infamantes de la historia se condena a ocho de los detenidos de los cuales  cuatro de ellos (Spies, Fischer,Engel y Parson) fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887; Louis Lingg se suicida en prisión; Schwad y Fielden fueron condenados a prisión perpetua y  Neebe a 15 años de reclusión. Seis años más tarde el gobernador de Illinois decide revisar el proceso y se decreta la libertad sin condiciones de los detenidos y la pública rehabilitación de los ejecutados.

La Segunda Internacional se reúne en Congreso en Paris, en 1889, con ocasión del centenario de la “Toma de la Bastilla”. Los delegados norteamericanos entregan un conmovedor testimonio de los sucesos de mayo de 1886 y por unanimidad se adopta la resolución de apoyar la decisión de la Federación Americana del Trabajo que en su reunión de St. Louis eligió el 1° de mayo de 1890 como manifestación internacional para manifestarse mundialmente por la obtención de  las 8 horas de trabajo. El movimiento por las ocho horas logra finalmente su objetivo que se consagra por una resolución de la naciente Organización Internacional del Trabajo (OIT), a través del Convenio núm.1 adoptado el 28 de noviembre de 1919 en Washington.

Luego de este triunfo, la tradición continúa; el 1° de mayo se convierte en el mundo entero en el día internacional de los trabajadores, salvo en los Estados Unidos y Canadá en que la conmemoración se realiza el primer lunes de septiembre y se conoce como el Labor Day.

En este 1° de mayo los trabajadores chilenos tendrán muchas cosas que conmemorar, pero pocas cosas que celebrar. Como es sabido y con su acostumbrado  cinismo  la derecha chilena se ha autoproclamado como la defensora de los derechos de los trabajadores impugnando una débil Reforma Laboral propiciada por el Ejecutivo y aprobada por el Parlamento, recurriendo de queja ante el Tribunal Constitucional por considerar que  ella transgrede las normas de nuestra Carta Magna, fundamentalmente  en materias de Libertad Sindical.

Cuatro  parlamentarios de la derechista agrupación “Chile Vamos” han celebrado que el Tribunal Constitucional, en un ideológico fallo dividido,  les haya dado la razón en lo que se refiere a Titularidad Sindical y Extensión de beneficios, aspectos centrales y uno de los pocos puntos positivos de la reforma recientemente aprobada. En efecto, los senadores Andrés Allamand y Hernán Larrain, más los diputados Nicolás Monckeberg de R.N. y Patricio Melero de la UDI, con enormes muestras de satisfacción en sus rostros han declarado ante el conjunto de los medios de comunicación de nuestro país que el fallo mencionado significa un triunfo para la democracia, para los trabajadores y para la libertad sindical.

No nos pronunciaremos aún sobre este polémico y arbitrario fallo pues hasta ahora el tribunal Constitucional no ha dado a conocer sus fundamentos. No obstante, no podemos dejar de interrogarnos acerca de una arbitraria declaración de inconstitucionalidad en un país que ha ratificado convenios fundamentales de la OIT que consagran los derechos de los trabajadores a afiliarse en sindicatos para que los representen, para negociar colectivamente y para ejercer el derecho de huelga. En un país que ha conocido múltiples llamados de atención de los órganos de control de la OIT por no respetar esos convenios fundamentales. No está de más recordar que en el pasado diversos países de América Central fueron unánimemente condenados internacionalmente por permitir la emergencia del llamado Solidarismo, movimiento propiciado y alimentado por los empleadores centroamericanos como una alternativa a un sindicalismo que consideraban lesivos para sus intereses, muy similar a lo que  pretenden los empresarios chilenos con los Grupos Negociadores.

Ha llamado la atención que parlamentarios como los aludidos y otros que con gran cinismo han celebrado el arbitrario fallo y que en el pasado apoyaron una de las más sangrientas dictaduras militares del continente, se proclamen hoy defensores de los derechos de los trabajadores. Nada dijeron cuando nuestro criollo sátrapa asesinaba a sindicalistas, suprimía las legítimas organizaciones de los trabajadores chilenos, encarcelaba y torturaba a sus máximos representantes y aniquilaba las históricas conquistas sindicales sustituyéndolas por un Plan Laboral adecuado a la protección de los empresarios y del gran capital. ¿Por qué no sacaron entonces su voz de pregoneros de los derechos de los trabajadores y de defensores de la libertad?  ¿Habrán defendido esos derechos  los senadores Larraín y Allamand cuando se encarcelaba y torturaba  a Manuel Bustos a María Rozas a Arturo Martínez o  cuando  asesinaron a Nicolás López, a Juan Gianelli, a Tucapel Jiménez o  a los dirigentes de la antigua CUT o cuando se reprimía al Comando Nacional de Trabajadores, a la Coordinadora Nacional Sindical, a los Trabajadores del Cobre? Por cierto que nada dijeron y nada dirían si esos terribles hechos volvieran a ocurrir, porque ellos defienden sus intereses que son los de los grandes empresarios, de los que se coluden, de los que explotan, de los que se han apropiado del país y de sus riquezas. Es ese poder económico el que los ha puesto donde están para que sirvan sus intereses con fidelidad y se opongan a cualquier intento, aunque sea mínimo, que persiga avanzar en equidad y justicia social.

Por esto es que en este 1° de mayo los trabajadores chilenos no tendrán mucho que celebrar, pero tal vez sí mucho que lamentar; entre otras cosas,  el no haber sido más combativos, el no haber tenido más independencia de los partidos políticos y el  no haber propiciado desde un comienzo, desde muy temprano, una amplia estrategia de movilización y de comunicación  por cambios sustantivos que incluyesen amén de lo laboral, una verdadera reforma constitucional a través de un democrático proceso constituyente.

Aún estamos a tiempo.

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Este artículo fue publicado el día 1 de mayo de 2016 en el análisis semanal núm. 672 de la Revista electrónica Primera Piedra.

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