Francia ha vivido desde el recién
pasado 18 de septiembre y de manera particular los días 6 y 17 de octubre de
este año, momentos de una extrema tensión social derivados por una parte de las
justas reivindicaciones estudiantiles y por otra, de urgentes y no resueltas
demandas ciudadanas en relación con el encarecimiento del costo de la vida
producto de las alzas de precios en general y de los combustibles en
particular, de los magros salarios , de las precarias pensiones y del
importante deterioro de los servicios públicos.
Las masivas manifestaciones
estudiantiles con sus impresionantes marchas despertaron la simpatía de la
opinión pública por las legítimas demandas entre las que se cuentan la
disminución del número de alumnos por clase, la contratación de profesores ante
la falta de docentes en materias sustantivas, la reparación de vetustos e
insalubres establecimientos y la supresión del obscuro sistema de selección
imperante para acceder a los estudios
superiores al término del bachillerato.
En contraste con el apoyo
incontestable de la población a este pacifico movimiento nacional de liceanos y
universitarios, la represión policial se manifestó de inmediato atacando,
golpeando y haciendo un desmesurado uso de la fuerza, creando un clima de
violencia, agravado por la irrupción de bandas delictuales, lo que culminó con
mutilados y heridos de gravedad entre manifestantes y policías.
El sábado 17 de octubre fue la
fecha elegida para la realización de una nueva manifestación de protesta por la
carestía de la vida convocada por los antiguos Chalecos Amarillos cuyas
reivindicaciones, escritas en 2018 en los famosos Cuadernos de Quejas, jamás se
tomaron en consideración. A esta convocatoria se unieron en toda Francia
liceanos, universitarios, sindicalistas y dirigentes políticos de oposición al
gobierno. Mas de 210.000 manifestantes
desfilaron pacíficamente desde la emblemática Plaza de la Republica hasta la
plaza de Clichy y en toda Francia participaron 800.000 personas.
Sin embargo, desde antes de la
manifestación diversos grupos de infiltrados, de black bloc, de provocadores,
de jóvenes marginales habitantes de la periferia parisina y de delincuentes
iniciaron impresionantes destrozos, pillajes, destrucción de bienes públicos,
de comercios y de enfrentamientos contra grupos policiales en las más
importantes calles y avenidas parisinas creando un clima insurreccional pocas
veces visto en la historia reciente.
Las fuerzas de seguridad en
número muy insuficiente fueron incapaces de evitar los desmanes optando por
aplicar la política del dejar hacer. En vano fueron los llamados de las
autoridades municipales y de los comerciantes asaltados y saqueados. La represión
en cambio se dirigió hacia quienes manifestaban pacíficamente empleando,
además, el método de encerramiento, con solo una salida y sin posibilidades de
dispersión que milagrosamente no produjo muertes que lamentar.
Marsella, Lyon, Limoges sufrieron
significativos destrozos y sobre todo los símbolos republicanos fueron
atacados, incendiando la alcaldía de Limoges y la oficina de turismo de Lyon,
además de asaltar y deteriorar puertas, salones, muebles y esculturas emblemáticas
en la municipalidad de Marsella. Todas estas acciones de vandalismo fueron
unánimemente repudiadas por el conjunto de las expresiones políticas del país
Obviamente la gran mayoría de los
medios de comunicación centraron la atención en los indesmentibles desmanes, provocaciones y ataques al
patrimonio nacional y no en el justo contenido de las reivindicaciones. El
ministro del Interior, que más que ministro pareciera ser vocero de los
sindicatos de policías, antes de hacer su mea culpa por su imprevisión y la
nula protección a comerciantes, edificios públicos y manifestantes,
responsabilizó de inmediato a los partidos de extrema izquierda, a la France
Insoumise de Jean Luc Mélenchon, al igual que lo hicieron los partidos de
derecha y de derecha extrema en un nada disimulado afán por desacreditar a uno
de los candidatos, hasta ahora, más
competitivos en la futura elección presidencial.
El presidente Emmanuel Macron, antes de viajar a los países del golfo, en una corta y unánimemente criticada alocución se limitó a expresar su defensa de la autoridad del estado, a su voluntad de implementar medidas securitarias como toques de queda sectorizados, a su repudio a los desmanes y a entregar su respaldo al ministro del interior, a quien no aceptó su pertinente renuncia. Igualmente hizo un llamado al conjunto de las fuerzas políticas para que en una reunión oficial con el gobierno discutan sobre temas de seguridad expresando su repudio a la violencia y al vandalismo, sin referirse para nada a los problemas de fondo que afectan al país y que son el centro del conflicto social que vive Francia. Similar intervención tuvo el primer ministro quien se limitó a repetir los dichos del presidente, a ofrecer ayuda para indemnizar a los afectados y a hacer un llamado a la calma, amenazando con castigar con el máximo rigor a los más de dos mil detenidos.
¿Serán suficientes las medidas anunciadas para calmar los ánimos y acallar las demandas de la inmensa mayoría de la población francesa hastiada de promesas incumplidas, de un deterioro de la calidad de vida, de los servicios públicos y de una notoria desigualdad que como de costumbre afecta a los más pobres y favorece a los más ricos?
Muy probablemente no será el caso. Las protestas han continuado y una multitudinaria manifestación nuevamente alzó pacíficamente su voz el sábado 24 movilizando a cientos de miles personas a pesar de los vanos intentos del gobierno por entorpecerla.
Nuevas concentraciones y marchas están previstas para la última semana de octubre y la segunda semana de noviembre. Frente a ello, junto con insistir en los temas relativos a la seguridad publica, las autoridades recién han comenzado a buscar formulas para abordar mas seriamente el problema través de nuevos encuentros con los actores en conflicto; ademas de una sesión parlamentaria especial para tratar una eventual reforma del sistema de selección de ingreso a la educación superior.
Los franceses durante los 10 años
del gobierno del presidente Macrón han sido testigos de la soberbia presidencial
que no ha prestado atención a las urgentes solicitudes de estudiantes, de
jóvenes, de desempleados, de pensionados
y de trabajadores que con asombro han
visto como no se les ha escuchado y que, por el contrario, han observado como se
ha favorecido a los grandes empresarios nacionales e internacionales con
millonarios aportes en dinero y
liberando de impuestos a las grandes fortunas mientras que el desempleo
y la precariedad aumentan y las cargas impositivas a la clase media las agobian y empobrecen.
Tampoco ha existido una concertación directa con los sindicatos a quienes,
durante el decenio, ha ignorado por completo imponiendo impopulares reformas
por la vía de decretos.
No es factible pensar que un
gobierno tan debilitado como el actual, que enfrenta un importante déficit
presupuestario, una colosal deuda externa y que luego de la disolución de la
Asamblea Nacional en 2024 no dispone de mayoría y está permanentemente bajo el
riesgo de la censura, pueda aportar soluciones satisfactorias antes de la
elección presidencial de 2027, elección que se vaticina como extremadamente
favorable para la extrema derecha, alentada además por las profundas disensiones
en los partidos de izquierda y su
histórica incapacidad para aglutinar fuerzas y la de una centro derecha desprestigiada
e igualmente dividida.
En lo inmediato, solo una
respuesta política concreta a las justas reivindicaciones a través de un serio
proceso de concertación social con sindicatos, movimientos sociales,
empleadores, partidos políticos y estudiantes podrá contribuir a evitar la crisis de representación actual, la
continuidad del conflicto con nuevas manifestaciones que se avecinan y el
aumento de las acciones insurreccionales, las que ante la impotencia e
incapacidad gubernamental ponen en peligro el pacto social, la estabilidad
democrática y aumentan aún más las posibilidades de un triunfo de la
intolerancia el 18 de abril de 2027.
Paris. Octubre 2026.