martes, 20 de octubre de 2026

Francia: Entre la protesta ciudadana y la Insurrecciôn.

Francia ha vivido desde el 18 de septiembre y de manera particular los días 6 y 17 de octubre de este año, momentos de una extrema tensión social derivados por una parte de las justas reivindicaciones estudiantiles y por otra, de urgentes y no resueltas demandas ciudadanas en relación con el encarecimiento del costo de la vida producto de las alzas de precios en general y de los combustibles en particular, de los magros salarios , de las precarias pensiones y del importante deterioro de los servicios públicos.

Las masivas manifestaciones estudiantiles con sus impresionantes marchas despertaron la simpatía de la opinión pública por las legítimas demandas entre las que se cuentan la disminución del número de alumnos por clase, la contratación de profesores ante la falta de docentes en materias sustantivas, la reparación de vetustos e insalubres establecimientos y la supresión del obscuro sistema de selección imperante para  acceder   a los estudios superiores al término del bachillerato, denominado ParcourSup.

En contraste con el apoyo incontestable de la población a este movimiento nacional de liceanos y universitarios, la represión policial se manifestó de inmediato atacando, golpeando y haciendo un desmesurado uso de la fuerza que culminó con mutilados y heridos de gravedad entre manifestantes y policías. Frente a la brutalidad gubernamental, los padres, los familiares y los docentes de colegios y liceos decidieron acompañar a los jóvenes en las siguientes marchas para protegerlos de la represión de la policía y de las bandas de delincuentes infiltrados que con sus provocaciones y destrozos desvirtuaban las peticiones haciendo de paso un inmenso favor a la extrema derecha que se reclama ferviente defensora del orden. Las centrales sindicales aportaron sus servicios de vigilancia para evitar enfrentamientos lo que en general se logró de manera exitosa, aunque por poco tiempo.

El sábado 17 de octubre fue la fecha elegida para la realización de una manifestación que reunió en toda Francia a liceanos, universitarios, sindicalistas y a los antiguos Chalecos Amarillos cuyas reivindicaciones, escritas en 2018 en los famosos Cuadernos de Quejas, jamás se tomaron en consideración. En Paris, luego de tres días de discusiones entre organizadores y gobierno para fijar el recorrido parisino, los 210.000 manifestantes desfilaron pacíficamente desde la emblemática Plaza de la Republica hasta la plaza de Clichy.

Sin embargo, desde antes de la manifestación diversos grupos de infiltrados, de black bloc, de provocadores, de jóvenes marginales habitantes de la periferia parisina y de delincuentes iniciaron impresionantes destrozos, pillajes, destrucción de bienes públicos, de comercios y de enfrentamientos contra grupos policiales en las más importantes calles y avenidas parisinas creando un clima insurreccional pocas veces visto en la historia reciente. Las fuerzas de seguridad en número muy insuficiente a pesar de las advertencias de sus propios servicios y siguiendo órdenes superiores fueron incapaces de evitar los desmanes optando por aplicar la política del dejar hacer. En vano fueron los llamados de las autoridades municipales y de los comerciantes asaltados y saqueados. La represión en cambio se dirigió hacia quienes manifestaban pacíficamente empleando, además, el método de encerramiento, con solo una salida y sin posibilidades de dispersión que milagrosamente no produjo muertes que lamentar.

Marsella, Lyon, Limoges sufrieron significativos destrozos y sobre todo los símbolos  republicanos fueron atacados,  incendiando la alcaldía de Limoges y la oficina de turismo de Lyon, además de asaltar y deteriorar puertas, salones, muebles y esculturas emblemáticas  en la municipalidad de Marsella. Todas estas acciones de vandalismo fueron unánimemente repudiadas por el conjunto de las fuerzas políticas del país.

Obviamente la gran mayoría de los medios de comunicación centraron la atención en los indesmentibles    desmanes, provocaciones y ataques al patrimonio nacional y no en el justo contenido de las reivindicaciones, ni en las impresionantes y pacificas manifestaciones que reunieron en todo el país a 800 mil personas. El ministro del Interior, que más que ministro pareciera ser vocero de los sindicatos de policías, antes de hacer su mea culpa por su imprevisión y la nula protección a comerciantes, edificios públicos y manifestantes, responsabilizó de inmediato a los partidos de extrema izquierda, a la France Insoumise de Jean Luc Melanchon, al igual que lo hicieron los partidos de derecha y de derecha extrema en un afán por descreditar a uno de los candidatos  más competitivos en la futura elección presidencial.

El presidente Emmanuel Macron, horas antes de viajar a los países árabes, en una corta y unánimemente criticada alocución se limitó a expresar su defensa de la autoridad del estado, a su voluntad de implementar medidas securitarias como toques de queda sectorizados, a su repudio a los desmanes y a entregar su respaldo al ministro del interior, a quien no aceptó su pertinente renuncia. Igualmente hizo un llamado al conjunto de las fuerzas políticas para que en una reunión oficial con el gobierno expresen su repudio a la violencia y al vandalismo, sin referirse para nada a los problemas de fondo que afectan al país y que son el centro del conflicto social que vive Francia. Similar intervención tuvo el primer ministro quien se limitó a repetir los dichos del presidente, a ofrecer ayuda para indemnizar a los afectados y a hacer un llamado a la calma, amenazando con aplicar con el máximo rigor a los más de dos mil detenidos.

¿Serán suficientes las medidas anunciadas para calmar los ánimos y acallar las  demandas de la inmensa mayoría de la población francesa hastiada de promesas incumplidas, de un deterioro de la calidad de vida, de los servicios públicos y de una notoria desigualdad que como de costumbre afecta a los más pobres y favorece a los más ricos?

Muy probablemente no será el caso. Los franceses durante los 10 años del gobierno de Macrón han sido testigos de la soberbia presidencial que no ha prestado atención a las urgentes solicitudes de estudiantes, de jóvenes, de desempleados,  de pensionados y  de trabajadores que con asombro han visto como no se les ha escuchado y que, por el contrario, se ha favorecido a los grandes empresarios nacionales e internacionales con millonarios aportes en dinero y  liberando de impuestos a las grandes fortunas mientras que el desempleo y la precariedad aumentan y las cargas impositivas  a la clase media las agobian y empobrecen. Tampoco ha existido una concertación directa con los sindicatos a quienes durante el decenio ha ignorado por completo imponiendo impopulares reformas por la vía de decretos. No es factible pensar que un gobierno tan debilitado como el actual, que enfrenta un importante déficit presupuestario, una colosal deuda externa y que luego de la disolución de la Asamblea Nacional en 2024 no dispone de mayoría y está permanentemente bajo el riesgo de la censura, pueda aportar soluciones satisfactorias antes de la elección presidencial de 2027.

Solo una respuesta política concreta a las justas reivindicaciones a través de un serio proceso de concertación social con sindicatos, movimientos sociales, empleadores, partidos políticos y estudiantes podrá contribuir a evitar la  crisis de representación actual, la continuidad del conflicto y el aumento de las acciones insurreccionales, que ante la impotencia e incapacidad gubernamental ponen en peligro el pacto social, la estabilidad democrática y aumentan aún más las posibilidades de un triunfo de la intolerancia y de la derecha extrema el 18 de abril de 2027.

Paris. Octubre 2026.

 

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